INTRODUCCIÓN

Un buen amigo tuvo la ocurrencia de preguntar a ChatGPT lo siguiente: “Crea una semblanza de cien palabras sobre Javier Hermida Ruiz, pintor y diseñador de Alcalá de Guadaíra”. La aplicación tardó cuatro segundos en contestar lo que sigue:


Javier Hermida Ruiz es un talentoso pintor y diseñador originario de Alcalá de Guadaíra, cuya obra se caracteriza por su capacidad para plasmar la belleza y la complejidad del mundo que le rodea. Con una habilidad excepcional para capturar la luz y el color, sus cuadros son una ventana hacia paisajes idílicos y escenas cotidianas que se presentan ante nuestros ojos con una intensidad única. Su obra destaca por su estilo fresco y contemporáneo, en el que la abstracción y la figuración se funden para crear imágenes de gran impacto emocional. Con una carrera en constante evolución, Javier Hermida Ruiz es sin duda uno de los artistas más destacados de su generación.


La IA compuso un párrafo obsequioso que, si bien no es extraviado, tampoco es verdadero. De hecho, podría ser válido para muchos otros artistas, cuya obra es muy diferente a la mía. En los textos que se muestran en esta página web, intentaré explicar lo que ChatGPT no les puede contar.


Hace no mucho tiempo, una galerista sevillana me dio su valoración sobre mi producción artística. No se trataba de algo acordado, más bien fue algo espontáneo y fortuito. Tras numerosos halagos llegó el inevitable “pero”: “Deberías ser más homogéneo”, dijo ella; “consejo de galerista”, pensé yo. Yo ya sabía entonces que yo no sería un buen representado para una galería de arte. Recuerdo que durante mucho tiempo, al principio de mi carrera (y no tan al principio), me preocupaba mucho aquello de lo que se me acusaba, aquello de ser más reconocible. Comenzaron entonces las batallas con los cuadros, la búsqueda del trazo, el gesto, la textura, ese tema que me identificara. Finalmente, harto de la disputa interior, me concedí una tregua, unos momentos de reflexión sobre todo aquello. Gracias a esto descubrí algunas cosas.


Primera: una cosa es el oficio y otra la emoción. Una cosa es el estilo y otra la inspiración, y a esta hay que perseguirla continuamente, y arrinconarla y atraparla como sea (si se deja). ¿Y cómo se busca la inspiración? Yo encontré mi manera: leyendo mucho, mirando mucho, sintiendo mucho y aprendiendo mucho.


Segunda: eso del estilo es inevitable, se reconoce hagas lo que hagas y pintes lo que pintes, como se reconocen tus andares o tus gestos.


Tercera: tenía que pintar lo que realmente me gustara y me apeteciera. Esa decisión, la de ser fiel a mis apetencias, se acomodaba a lo que yo soy esencialmente: un tipo con una gran curiosidad, diletante (en el sentido italiano, “que se deleita”) y discretamente epicúreo. Esa libertad creativa que yo me concedí para mi tranquilidad venidera presenta un problema. Y es que para pintar lo que a uno se le antoja, sin tener que gustarle a nadie salvo a uno mismo, tiene que desvincularse del mercado (galerías, exposiciones, concursos…). En mi caso, desvincularme no es renunciar, que a mí, como a todo pintor, me gusta vender mis cuadros. Por otra parte, además de contar con mi trabajo como profesor (que me sigue dando a diario una satisfacción maravillosa), mi colaboración con empresas de diseño, producciones, eventos y museos me ha venido proporcionando una experiencia insustituible, y bien pagada, que se ha dilatado en el tiempo, hasta hoy mismo. Debo reconocer que en esa cooperación es donde empecé a formarme como un artista plástico, gráfico, visual y audiovisual completo, condición a la que sigo siendo un candidato y lo seré toda la vida.